La novela
Bruçó, en la raya portuguesa, 4 de octubre de 1582. Mientras Roma salta del jueves 4 al viernes 15, Gaspar, el barquero que cruza de noche el Duero a los que huyen de la Inquisición, muere en los senderos de las arribas que los viejos llaman los pasos de Dios.
Esa misma noche nace su hijo, y un forastero herido deja sobre la mesa un libro que nadie debe abrir.
Catorce años después vuelve a encenderse una luz en el castro, aparece un tarro de miel en el poyo de la puerta y los hombres del Santo Oficio suben la calle a por su madre. Francisco acaba de cumplir catorce años, tiene un beso con sabor a sal y una sola pregunta: quién mató a su padre.
Para responderla cruzará el río y el mundo entero: Salamanca, Sevilla, Ámsterdam, Venecia, Salónica, las cuevas de Safed, las galeras de Argel, la India. Lo seguirá un hombre con botas de montar. Lo sostendrán dos amores, uno que huele a tinta y otro que lo espera catorce años mirando el río. Y lo empujará una pregunta todavía más honda: dónde está Dios cuando no está en ninguna parte.
«Sigue los pasos. No los de él. Los tuyos.» Hay libros que todavía matan.


Primeras páginas
El comienzo del capítulo I en las cuatro lenguas de la novela.
Español
Capítulo I. La noche de los diez días
Bruçó, Trás-os-Montes, octubre de 1582
El domingo anterior, el abade había subido al púlpito con un papel doblado en cuatro y lo había leído palabra por palabra, deteniéndose en cada una como quien cruza un vado y tantea antes la piedra. El Santo Padre, desde Roma, mandaba que al jueves cuatro de octubre le siguiera el viernes quince. Los días de en medio no existirían. No habría que trabajarlos ni rezarlos, y nadie podría nacer ni morir en ellos.
Hubo un murmullo en la iglesia, una risa corta que nadie quiso reconocer como suya, y después el silencio de la gente que no entiende pero obedece.
Brites no echó cuentas. Miró a su nuera, que esperaba junto al muro con una mano en los riñones y el vientre tan alto que ya no se veía los pies, y pensó que a una criatura no se le pregunta en qué día quiere venir.
—Nacerá cuando Dios quiera —dijo Inês, que le había adivinado el pensamiento—. Dios no lee los papeles del Papa.
—Calla —dijo Brites, y miró alrededor.
Bruçó no se asomaba al río. Era un pueblo de meseta, de granito y centeno, con las casas apretadas unas contra otras como ovejas que tienen frío, una iglesia con el campanario torcido y una fuente de tres caños donde las mujeres se enteraban de todo antes que los hombres. Alrededor, los bancales bajaban en escalones hasta los castaños, y después de los castaños la tierra seguía, parda y quieta, hasta que de pronto se acababa. Allí, a media legua larga del último tejado, la meseta se rompía en las arribas, y en el fondo de aquella herida, tan hondo que había que asomarse a la orilla del vacío para verlo, corría el Douro.
Português
Capítulo I. A noite dos dez dias
Bruçó, Trás-os-Montes, outubro de 1582
No domingo anterior, o abade subira ao púlpito com um papel dobrado em quatro e lera-o palavra por palavra, detendo-se em cada uma como quem passa um vau e apalpa primeiro a pedra. O Santo Padre, lá de Roma, mandava que à quinta-feira, quatro de outubro, se seguisse a sexta-feira, quinze. Os dias do meio não existiriam. Não seria preciso trabalhá-los nem rezá-los, e ninguém poderia neles nascer nem morrer.
Houve um murmúrio na igreja, um riso curto que ninguém quis reconhecer como seu, e depois o silêncio da gente que não entende mas obedece.
Brites não fez contas. Olhou para a nora, que esperava encostada ao muro, com uma mão nos rins e a barriga tão alta que já não lhe deixava ver os pés, e pensou que a uma criatura não se pergunta em que dia quer vir ao mundo.
— Nascerá quando Deus quiser — disse Inês, que lhe adivinhara o pensamento. — Deus não lê os papéis do Papa.
— Cala-te — disse Brites, e olhou à volta.
Bruçó não se debruçava sobre o rio. Era uma aldeia de planalto, de granito e centeio, com as casas apertadas umas contra as outras como ovelhas com frio, uma igreja de campanário torto e uma fonte de três bicas onde as mulheres sabiam de tudo primeiro que os homens. À volta, os socalcos desciam em degraus até aos castanheiros, e depois dos castanheiros a terra continuava, parda e quieta, até que de repente acabava. Ali, a meia légua larga do último telhado, o planalto partia-se nas arribas, e no fundo daquela ferida, tão fundo que era preciso chegar à beira do vazio para o ver, corria o Douro.
Français
Chapitre I. La nuit des dix jours
Bruçó, Trás-os-Montes, octobre 1582
Le dimanche précédent, l'abbé était monté en chaire avec un papier plié en quatre et l'avait lu mot à mot, s'arrêtant sur chacun comme on traverse un gué en tâtant d'abord la pierre. Le Saint-Père, depuis Rome, ordonnait qu'au jeudi quatre octobre succédât le vendredi quinze. Les jours d'entre les deux n'existeraient pas. Il ne faudrait ni les travailler ni les prier, et personne ne pourrait y naître ni y mourir.
Il y eut un murmure dans l'église, un rire bref que nul ne voulut reconnaître pour sien, puis le silence des gens qui ne comprennent pas mais qui obéissent.
Brites, elle, ne fit pas de comptes. Elle regarda sa belle-fille, qui attendait contre le mur, une main sur les reins, le ventre si haut qu'elle ne se voyait plus les pieds, et pensa qu'on ne demande pas à un enfant quel jour il veut venir au monde.
— Il naîtra quand Dieu voudra, dit Inês, qui avait deviné sa pensée. Dieu ne lit pas les papiers du pape.
— Tais-toi, dit Brites, et elle regarda autour d'elle.
Bruçó ne se penchait pas sur le fleuve. C'était un village de plateau, de granit et de seigle, aux maisons serrées les unes contre les autres comme des brebis qui ont froid, avec une église au clocher de travers et une fontaine à trois becs où les femmes apprenaient tout avant les hommes. Alentour, les terrasses descendaient en gradins jusqu'aux châtaigniers, et au-delà des châtaigniers la terre continuait, brune et immobile, jusqu'à ce que, d'un coup, elle s'arrête. Là, à une bonne demi-lieue du dernier toit, le plateau se brisait sur les arribas, et au fond de cette blessure, si profond qu'il fallait s'avancer au bord du vide pour l'apercevoir, coulait le Douro.
English
Chapter I. The Night of the Ten Days
Bruçó, Trás-os-Montes, October 1582
The Sunday before, the abbot had climbed into the pulpit with a sheet of paper folded in four and read it out word by word, pausing on each one like a man crossing a ford who tests every stone before he trusts it. The Holy Father, from Rome, commanded that Thursday the fourth of October be followed by Friday the fifteenth. The days in between would not exist. No one would have to work them or pray them, and no one could be born or die in them.
A murmur ran through the church, a short laugh that nobody would own, and then the silence of people who do not understand but obey.
Brites did no sums. She looked at her daughter-in-law, who stood waiting by the wall with one hand pressed to the small of her back and her belly so high she could no longer see her feet, and she thought that no one asks a child what day it would like to come.
"It will be born when God wills," said Inês, who had guessed her thought. "God doesn't read the Pope's papers."
"Hush," said Brites, and looked around.
Bruçó did not look out over the river. It was a village of the high plateau, of granite and rye, its houses huddled against one another like sheep in the cold, with a church whose bell tower leaned and a fountain with three spouts where the women learned everything before the men did. All around, the terraced fields stepped down to the chestnut groves, and beyond the chestnuts the land went on, brown and still, until all at once it ended. There, a long half league from the last roof, the plateau broke open into the arribas, the great cliffs, and at the bottom of that wound, so deep you had to lean out over the edge of nothing to see it, ran the Douro.
La historia real
Lo que es verdad en esta novela. Los lugares, las fechas y los libros existieron; los personajes y sus casos son invención.
1582 · Los diez días
La reforma de Gregorio XIII suprimió del 5 al 14 de octubre para corregir el desfase del calendario juliano. Al jueves 4 le siguió el viernes 15. Francisco nace en esa noche.
1496 · Las tablas de Zacuto
El Almanach Perpetuum de Abraham Zacuto se imprimió en Leiria y guió a los pilotos portugueses. Calculado antes de la reforma, después de 1582 quedó diez días atrasado.
S. XIV · Itzjak de Acre
Cabalista que dejó un diario místico, el Otzar ha-Hayyim, que nunca llegó a imprimirse. Zacuto copió su testimonio sobre el origen del Zohar.
1536 · El Santo Oficio
La Inquisición portuguesa vigilaba a los cristianos nuevos. Los procesos de la novela siguen sus usos; los casos concretos son inventados.






Ediciones
En cuatro lenguas
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